Una investigación periodística reconstruye la alianza entre Roberto Suárez Gómez, conocido como el “rey de la cocaína” de Bolivia, y Klaus Barbie, exoficial nazi que se refugió en el país tras la Segunda Guerra Mundial.
Suárez Gómez fue uno de los principales narcotraficantes bolivianos durante las décadas de 1970 y 1980. Desde el departamento del Beni construyó una poderosa estructura dedicada a la producción y exportación de cocaína, con conexiones internacionales que le permitieron acumular una enorme fortuna y ampliar su influencia dentro de Bolivia.
Klaus Barbie, conocido como el “Carnicero de Lyon” por su actuación durante la ocupación nazi de Francia, se instaló en Bolivia después de la guerra utilizando una identidad falsa. Allí estableció vínculos con sectores militares, empresarios y organizaciones relacionadas con el narcotráfico. Su experiencia en inteligencia y operaciones clandestinas resultó útil para las estructuras criminales con las que colaboró.
La relación entre ambos se fortaleció durante los años de mayor expansión del narcotráfico boliviano. Barbie habría utilizado sus contactos y conocimientos para brindar apoyo logístico y estratégico a la organización de Suárez, mientras el narcotraficante aportaba recursos económicos y conexiones que permitían ampliar la red.
La investigación también vincula esta estructura con el contexto político y militar de Bolivia durante la década de 1980. El narcotráfico logró penetrar distintos sectores del poder y generar vínculos con integrantes de las Fuerzas Armadas, en un período marcado por golpes de Estado, gobiernos militares y una fuerte inestabilidad institucional.
El proyecto de construir un “narcoestado” no llegó a consolidarse, pero la alianza dejó en evidencia el nivel de influencia que podían alcanzar las organizaciones vinculadas al tráfico de cocaína. La historia de Suárez y Barbie se convirtió así en uno de los episodios más significativos de la relación entre narcotráfico, poder político y estructuras clandestinas en Bolivia.




