Con más de dos décadas en el país, su historia expone una realidad marcada por el trabajo informal, la inestabilidad y la falta de derechos laborales, una situación que atraviesa a muchos inmigrantes que sostienen sectores clave de la economía.
Antes de especializarse como yesero, trabajó como obrero golondrina y albañil en distintas provincias del país, atravesando condiciones de vida y trabajo marcadas por la inestabilidad. Desde alojamientos precarios hasta jornadas extensas sin garantías de seguridad, su experiencia refleja un patrón que se repite en gran parte del sector de la construcción.
“Siempre fue así”, resume Gonzalo, al describir más de dos décadas de trabajo sin acceso pleno a derechos laborales básicos. La falta de registro no solo impacta en los ingresos, sino también en la imposibilidad de acceder a cobertura de salud, estabilidad o aportes previsionales.
A pesar de este contexto, logró establecerse en Córdoba, donde construyó su vivienda con años de esfuerzo en un barrio popular habitado mayormente por familias inmigrantes. Sin embargo, la estabilidad sigue siendo relativa: los ingresos dependen de trabajos eventuales y las condiciones laborales continúan siendo frágiles.
A las dificultades económicas se suman los obstáculos administrativos. Durante años debió renovar su documentación bajo requisitos difíciles de cumplir en un mercado dominado por la informalidad. Recién después de más de 20 años en el país pudo acceder plenamente a derechos como el voto.
Su testimonio pone en evidencia una tensión de fondo: mientras los trabajadores inmigrantes sostienen actividades clave de la economía, muchos de ellos continúan excluidos de condiciones laborales dignas. En ese marco, la precariedad no aparece como una excepción, sino como una regla que condiciona el presente y limita las posibilidades de progreso.




